El cuento del pintor

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Son muchas las ocasiones en que una empresa no tecnológica se lanza al mundo de internet. Descartemos de este grupo las empresas grandes o aquellas empresas que tienen un departamento de informática propio. En el grupo que nos queda, la empresa, a la hora de acometer un proyecto web, según mi experiencia, puede optar por varias tácticas. Comparemos esta situación haciendo el símil con la temida situación de tener que pintar nuestra casa:

  1. Yo me lo guiso yo me lo como. O aquello de si lo pinto yo me ahorro dinero y no quedará mal. Evidentemente, nos pegamos la paliza un fin de semana, durante una semana tenemos la casa hecha una mierda y los remates no quedan muy profesionales. Serguramente a los dos o tres años empiecen a salir grietas en el gotelé. Esta solución es la solución de emergencia, para salir del paso y gastar poco dinero.
  2. Subcontratemos al mejor postor. Vamos al mercado y pedimos unos cuantos presupuestos. Como no tenemos mucha idea de tecnología damos demasiado valor a ahorrar unos euros. Así que, generalmente y, salvo asistencia por parte de terceros a la hora de valorar las propuestas, nos solemos quedar con el mejor presupuesto que, por supuesto, no suele ser la mejor solución. Es decir, llamamos al pintor que nos ha aconsejado la vecina porque es muy barato y tarda poco.
  3. Que nos pinten las meninas. No nos importa gastar dinero a cambio de calidad. El presupuesto es importante pero no es fundamental. Buscamos una solución óptima para lo que queremos e incluso nos dejamos asesorar por el profesional que contratemos. Es decir, cogemos al pintor que lleva toda la vida haciendo esto. Es más caro pero nos transmite confianza.

Son muchas las ocasiones en que me encuentro estas decisiones en las empresas y, gracias a Dios para poder comer, muchas las que tengo que solucionar después de una mala experiencia o de no haber sabido elegir la opción que más nos convenía. No quiero decir que ninguna de las opciones sea la adecuada. Para cada empresa y en cada situación, habrá que valorar lo que más nos convenga. El problema es no valorar bien y al final tener que elegir dos opciones: la primera, que suele ser barata pero no nos sirve y una segunda para solucionar el entuerto en el que nos hemos metido.

En alguna ocasión incluso he visto una tercera pero eso ya es de juzgado de guardia. Así que aconsejo valorar seriamente en qué situación estamos y qué es lo que queremos y, por supuesto, contar con profesionales cualificados. ¿Se os ocurre alguna situación más? Seguro que las hay.

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